jueves, 9 de abril de 2009

BIOGRAFIA DE JOHN NORMAN

El autor de las novelas de Gor es John Norman, también conocido como John Frederick Lange Jr.
John Lange nació en Chicago, Illinois, hijo de John Frederick y Almyra D. (Taylor) Lange el día 3 de Junio de 1931. Se casó con Bernice L. Green el 14 de enero de 1956 y tiene 3 hijos, John, David y Jennifer. Él aparece de forma regular en las convenciones de ciencia ficción de la costa este, a veces acompañado por su mujer. Existe gran afluencia de público a dichas convenciones si se conoce su asistencia.
Él sacó el B.A. en la universidad de Nebraska en 1953 y el M.A. de USC en 1957. En 1963 él obtuvo su Ph.D. de Princeton con una disertación de 149 páginas titulada “En Defensa de Naturalismo Ético”
Profesionalmente, John Lange ha sido profesor asociado de filosofía en la Universidad de Queens, Nueva York durante algún tiempo.
Las novelas sobre Gor, también conocidas como Crónicas de la Contratierra son sus trabajos más conocidos, 27 libros de 1967 a 2004, más dos historias Telnarianas escritas de 1991 a 1993, dos libros de ficción: Time slave en 1975 y Ghost Dance en 1979, además de un ensayo llamado Sexo imaginativo, el cual había sido descatalogado pero reeditado posteriormente.
Norman es un seguidor de Edward Rice Burroughs y su serie de Gor corre paralela al trabajo de Burrough's John Carter de Marte. Sus novelas contienen largas disertaciones sociológicas y psicológicas poniendo de manifiesto los males de la sociedad actual (desde la falta de sinceridad al holocausto nuclear). Poniendo énfasis en una forma de vida basado en el orden natural Nietszcheano, Norman apuesta por una jerarquía natural basada en habilidades tales como la fortaleza física.
En la década de los 80 a los 90, con el incremento de lo políticamente correcto, especialmente sensibilizados con la causa feminista, asociaciones y editores retiraron del mercado las obras, consideradas ofensivas en algunas ocasiones al tachar la naturaleza femenina se sumisa. En los 90 con el auge del Bdsm y Internet entre el público, loas obras de Norman adquirireron repercusión fuera de los canales habituales de publicidad literaria. Cientos de paginas Goreanas recuperaron el espiritu descrito por Norman en sus saga y algunas editoriales reeditaron las obras.

UN PUÑADO DE TIERRA

Me llamo Tarl Cabot. Mi apellido, según dicen, deriva del nombre italiano Caboto, pero yo no sé de ninguna vinculación al respecto, tanto más que mi familia, unos modestos comerciantes de Bristol, se caracterizó por tener un color de piel claro y el pelo llamativamente rojo y rebelde. También mi nombre de pila es poco común y, especialmente en mi época estudiantil, me ocasionó más de un disgusto. Este nombre me lo dio mi padre, que desapareció de mi vida cuando yo era aún muy joven. Lo consideraba muerto hasta que, casi veinte años después de su desaparición, recibí de él un extraño mensaje. Mi madre falleció aproximadamente en la época en que comencé a ir a la escuela. Los detalles biográficos suelen ser una lectura fatigosa; por ello me limitaré a comentar que fui un niño inteligente, bastante evolucionado para mi edad, y que me educó una tía, que me dio todo lo que un niño puede desear, todo menos amor.
Pude también terminar decorosamente mis estudios en la Universidad de Oxford y por fin me encontré, adecuadamente educado, en el umbral de la vida, con la convicción de que no podría integrarme sin más en el mundo del que me hablaban los libros. Dado que me había desempeñado bastante bien en mis estudios de historia inglesa me presenté como aspirante al cargo de profesor de Historia, ante varios pequeños colleges norteamericanos. Mis profesores de Oxford tuvieron la amabilidad de confirmar, con recomendaciones escritas, el informe algo exagerado acerca de mi formación y, de este modo, hallé finalmente un pequeño y liberal instituto en New Hampshire dispuesto a admitirme.
Yo estaba seguro de que pronto se enterarían de la verdad, pero, por el momento, tenía un pasaje pagado a los Estados Unidos y un puesto en el que podría desempeñarme por lo menos un año. Esta circunstancia me resultaba muy grata, si bien no podía liberarme de la sospecha de que fundamentalmente me habían incorporado como elemento exótico; con seguridad existían otros aspirantes norteamericanos que, exceptuando mi inconfundible acento británico, me superaban en mucho en cuanto a conocimientos y a recomendaciones.
Los Estados Unidos me gustaron mucho, a pesar de que en el primer semestre tuve que esforzarme bastante para poder aventajar al menos en algo a mis alumnos. Hice el descubrimiento poco grato de que, por el solo hecho de ser inglés, no se es automáticamente también una autoridad en el campo de la historia inglesa. Por suerte, mi superior, un hombre benévolo que usaba anteojos, sabía aún menos que yo sobre el tema, o al menos así me lo hizo creer.
Las vacaciones de Navidad me resultaron sumamente útiles; me proponía aprovechar el tiempo libre para lograr adelantarme algo más con respecto a mis alumnos. Pero después de todas las pruebas y exámenes del primer semestre sentí el deseo irresistible de dejar de lado al Imperio Británico y usar mis días libres para hacer una excursión, pensaba irme de campamento a las White Mountains, próximas a mí lugar de trabajo.
A uno de mis pocos amigos del instituto le pedí prestado un equipo para acampar y el mismo me llevó en su coche hasta las montañas. Nos pusimos de acuerdo en que, exactamente al cabo de tres días, volvería a buscarme en el mismo lugar. Mi primera precaución fue la de revisar mi brújula, como si ya supiera exactamente lo que habría de sucederme; poco después me encontraba caminando en medio del bosque. No temía el encuentro con la naturaleza; más bien me sentía a gusto de hallarme solo entre los pinos verdes y los campos de nieve.
Habría caminado unas dos horas cuando empezó a pesarme la mochila sobre la espalda. Me detuve para ingerir una comida fría y poco después me interné aún más en las montañas.
Al anochecer coloqué mis cosas sobre una meseta rocosa y comencé a juntar leña para hacer fuego. Me había alejado algunos metros de mi campamento provisional cuando me detuve desconcertado. En la oscuridad, a mi izquierda, algo emitía un brillo azul, sereno. Cautelosamente me acerqué al objeto. Parecía tratarse de un sobre de metal, rectangular, apenas más grande que un sobre común. Lo toqué y me pareció que estaba caliente. Mis cabellos se erizaron, mis pupilas se dilataron. En el sobre se leían en letras inglesas antiguas dos palabras: mi nombre, Tarl Cabot.
Naturalmente, se trataba de una broma. De alguna manera mi amigo me había seguido y se escondía en la oscuridad. Me reí y lo llamé por el nombre, pero no hubo respuesta. Después de una búsqueda infructuosa, que me irritó bastante, llegué a la conclusión de que había dejado el sobre con el fin de que yo lo encontrara. Lo tomé en la mano. Me pareció más frío, si bien seguía irradiando cierto calor. A decir verdad, era un objeto extraño.
Lo llevé a mi campamento y encendí el fuego que debía protegerme del frío y de la oscuridad. Respiraba con dificultad; el corazón me latía violentamente. Tenía miedo.
Moviéndome lentamente calenté una lata de habas y las comí para desviar, mediante una actividad rutinaria, mis pensamientos del sobre inquietante. Cuando por fin volví a observarlo ya no estaba caliente. ¿Cuánto tiempo había estado allí en el bosque? Casi parecería que su brillo sólo hubiera tenido como propósito atraer mi atención, y ese propósito se había logrado.
La escritura, que parecía incrustada en el metal, me recordaba las reproducciones de documentos en mis libros de Historia. El sobre no tenía junturas; al pasar mi pulgar por encima de él no dejó ninguna huella. De mala gana cogí el abridor de latas y traté de atravesar el sobre con la punta de metal. A pesar de lo liviano que parecía ser, opuso tal resistencia al metal, como si tuviera que vérmelas con un yunque. El abridor se torció hacia un lado, mientras el extraño objeto no denotó ni un simple rasguño.
Confundido, volví a observarlo. Sobre el reverso se advertía un pequeño círculo, en el que se veía la impresión de un pulgar. Lo limpié con mi manga, pero la mancha no desapareció. Lo apreté con el dedo índice y no sucedió nada.
Cansado de estas adivinanzas decidí acostarme. Durante mucho tiempo no pude conciliar el sueño, pues me sentía solo, experimentaba una extraña soledad, como si fuera el único ser vivo sobre el planeta. Casi tenía la impresión de que mi destino se hallaba fuera de nuestro pequeño mundo, en otra parte, en otros lejanos, extraños mundos del Universo.
Y de repente se me ocurrió algo y supe qué debía hacer. Ese sobre no era una broma ni un truco. Algo en mi fuero interno sabía la verdad, la había sabido desde el principio. Medio dormido coloqué más leña sobre el fuego crepitante, tomé el sobre y apreté lentamente el pulgar derecho sobre el círculo. Y tal como esperaba, como lo había temido, el sobre, que aparentemente constaba de una sola pieza, se abrió con un crujido.
Un objeto cayó de él: un anillo de metal rojo con un sencillo signo, una “C”. En mi estado de excitación apenas reparé en ello. Un texto cubría la parte interior del sobre, con la misma letra que había visto en la parte exterior.
Me quedé helado cuando observé la fecha. La carta había sido escrita el 3 de febrero de 1.640, hace más de trescientos años. Extrañamente, el día en que esto acontecía también era un 3 de febrero. La firma debajo de la carta estaba escrita en caracteres modernos.
Yo conocía esa letra, la había visto una o dos veces sobre cartas que conservaba mi tía, aunque no recordaba a la persona: se trataba de la firma de mi padre, Matthew Cabot, que había desaparecido en mi temprana juventud.
El bosque giraba a mi alrededor. Sentí que no podía moverme. Por un instante perdí el sentido, pero de inmediato di una sacudida, apreté los dientes y me dije que todavía estaba vivo, que no soñaba, que aquí, en mi mano, tenía una carta, que había llegado a destino trescientos años después de haber sido enviada, escrita por un hombre que, según nuestra cronología, debía tener unos cincuenta años.
Aún hoy recuerdo cada palabra de esa carta:

Escrito el 3 de febrero del año de Nuestro Señor de 1.640

Tarl Cabot, hijo mío:
Perdóname, pero no existe otra alternativa. La decisión ha sido tomada. Haz siempre lo que consideres justo según tu propio interés, pero has sido elegido y no puedes eludir tu destino. Te deseo lo mejor a ti y a tu madre. Lleva contigo el anillo de metal rojo y tráeme, por favor, un puñado de tierra verde.
No conserves esta carta. Debe ser destruida.

Afectuosamente
Matthew Cabot

Leí el texto una y otra vez y mientras lo hacía me iba sintiendo extraordinariamente tranquilo. Estaba seguro de que todavía estaba en mi sano juicio. Metí la carta en la mochila. Debía regresar inmediatamente a la ciudad. No sabía de cuánto tiempo disponía, pero si se trataba de algunas horas, quizá aún lograría llegar a una carretera, un río o una choza.
Lleno de inquietud miré a mi alrededor. De algún modo tenía la sensación de ser observado, una sensación bastante desagradable. Me puse las botas y el abrigo, recogí mi mochila y apagué el fuego.
Algo relumbraba en la ceniza. Me agaché y recogí el anillo. Estaba caliente por el fuego, pero era duro y sólido; un pedazo de realidad. Existía. Lo deslicé dentro del bolsillo de mi abrigo.
Apremiado por el impulso indefinido de abandonar el campamento me marché en la oscuridad. Era algo así como desafiar al destino, porque apenas podía ver mi mano delante de los ojos. Había avanzado a tientas entre los árboles unos veinte minutos cuando advertí horrorizado que se incendiaban la bolsa de dormir y la mochila sobre mi espalda. Con un movimiento precipitado arrojé lejos de mí la carga quemante. Parecía como si estuviera contemplando un alto horno. Yo sabía que la carta era la causa de este infierno y me estremecí al imaginar qué habría ocurrido si hubiera guardado el sobre en el bolsillo del abrigo.
Si reflexiono acerca de esto en la actualidad, resulta en realidad extraño que no haya huido despavorido. Por el contrario, examiné los restos de mi bolsa de dormir con una pequeña linterna y comprobé que, en apariencia, el sobre se había disuelto sin dejar ningún rastro. Al mismo tiempo se percibía un perfume desconocido en el aire.
Reflexioné acerca de si el anillo podría incendiarse de la misma manera, pero aunque parezca extraño, lo puse en duda.
¿Acaso no me habían indicado expresamente que llevara el anillo y me deshiciera de la carta? Una advertencia que, por imprudente, había desoído.
De todos modos, todavía me quedaba la brújula, que representaba un fuerte vínculo con la realidad. La silenciosa llamarada me había confundido; había perdido el sentido de la orientación. Mi brújula me auxiliaría. Pero al tomar la bitácora, me pareció que mi corazón dejaba de latir: la aguja se movía ciegamente trazando un círculo, como si de repente ya no existieran las leyes de la naturaleza.
Por primera vez después de haber hecho el extraño hallazgo perdí la serenidad. La brújula había sido mi ancla, mi apoyo, algo en que confiar. Se escuchó un ruido intenso: indudablemente mi propia voz, que estalló en un alarido repentino y asustado que siempre recordaré con vergüenza.
Momentos después salí corriendo como un animal aterrorizado. Ya no recuerdo cuánto tiempo corrí. Quizá durante algunas horas, quizá sólo unos minutos. Innumerables veces tropecé o caí, y otras tantas veces las ramas de pino se me clavaban en la carne y me retenían.
De repente salió la luna e iluminó la pendiente con su fría luz. Caí al suelo exhausto. Por primera vez en mi vida había sentido un miedo incontrolable, al que me había sometido por completo, como a una fuerza a la que no puede ofrecérsele ninguna resistencia. Debía cuidarme de este poder. Miré a mi alrededor y distinguí la meseta rocosa sobre la que había instalado mi campamento, y las cenizas del fuego. Había regresado al campamento.
Sentí la tierra debajo de mí, la presión contra mis músculos doloridos, el cuerpo bañado en sudor. Y sabía que era bueno sentir dolor. Era importante poder sentir: eso me indicaba que estaba vivo.
Entonces, vi descender la nave. Durante un breve instante pareció una estrella fugaz, luego la distinguí con claridad, como un ancho y grueso disco plateado. Silenciosamente aterrizó sobre la meseta rocosa. Un leve soplo estremeció las hojas en el suelo y me levanté. Al mismo tiempo se abrió una puerta en el costado de la nave. Tenía que entrar en ella. Recordé las palabras de mi padre: “No puedes eludir tu destino”. Antes de embarcarme, permanecí un instante de pie y recogí un puñado de tierra verde, en respuesta al pedido de mi padre. También para mí mismo era importante tener algo que representara mi patria. Tierra de mi planeta, de mi mundo.





LA CONTRATIERRA

Cuando desperté, me sentía descansado. No tenía la menor idea acerca de qué había ocurrido conmigo después de mi ascenso a la nave. Abrí los ojos, y casi esperaba encontrarme en mi cuarto en el college. Pero no era así; yacía sobre una superficie lisa, dura, quizás una mesa, en una habitación circular con techo bajo. Las ventanas largas y estrechas me recordaban las cañoneras de torres medievales. A mi derecha colgaba un gran tapiz con una escena de caza. Un grupo de cazadores atacaba a un animal de aspecto desagradable, semejante a un jabalí; aunque, por cierto, en comparación con los hombres, resultaba excesivamente grande. Además tenía cuatro colmillos, que parecían tan afilados como cuchillos.Del otro lado colgaba un escudo redondo con unas lanzas cruzadas por detrás. El escudo me recordaba los escudos griegos de épocas tempranas, pero no pude descifrar los signos que contenía. Encima del escudo había un casco con una incisión más o menos en forma de Y para los ojos, la nariz y la boca. De las armas, que colgaban allí de la pared, emanaba cierta dignidad severa, como si estuvieran listas para el combate.Aparte de estos adornos en la pared y de dos bloques de piedra, que quizá servían de sillas, la habitación estaba vacía; las paredes, el techo y el suelo eran lisos como si fueran de mármol. Parecía que no había puertas. Me incorporé, me dejé deslizar por la mesa de piedra y fui hacia una ventana. Miré hacia fuera y vi el Sol, tenía que ser nuestro Sol. Aparentaba ser algo más grande de lo que yo recordaba. El cielo era azul, lo mismo que en la Tierra. Respiraba libremente, y esto me hacía pensar en una atmósfera que contenía mucho oxígeno. Por consiguiente, tenía que estar en la Tierra. Pero cuando seguí mirando a mi alrededor, comencé a darme cuenta de que no podía tratarse de mi planeta de origen. El edificio en el que me encontraba parecía formar parte de un enorme grupo de torres, cilindros planos que se extendían interminablemente, de formas y tamaños diferentes, comunicados entre sí por puentes angostos y coloreados.No pude asomarme por la ventana lo suficiente como para reconocer también el suelo, pero en la lejanía podían divisarse montañas cubiertas de vegetación verde. Desconcertado, volví a acercarme a la mesa, contra la cual casi me golpeé la cadera. Sentí como si, a causa de un vahído, hubiera tropezado. Di una vuelta por la habitación y, por fin, salté sobre la mesa de la misma manera que normalmente subo un escalón. Era diferente, era otro movimiento. Sí, debía de tratarse de eso: una fuerza de gravitación menor. El planeta era pues, más pequeño que nuestra Tierra y, de acuerdo con el tamaño aparente del Sol, estaba quizás algo más cerca de él.Mi vestimenta consistía en una túnica roja, sostenida en las caderas por un cordón amarillo. Vi que me habían colocado el anillo rojo con la “C”. Tenía hambre y trataba de concentrarme, pero no me servía de nada. Me veía a mí mismo como a un niño que se encuentra de repente en un mundo de adultos completamente incomprensible.Un sector de la pared se desplazó hacia un lado y apareció, un hombre alto y pelirrojo. Tendría alrededor de cincuenta años y estaba vestido igual que yo. Evidentemente se trataba de un hombre procedente de la Tierra. Me sonrió, colocó sus manos sobre mis hombros y dijo con cierto dejo de orgullo:—¿Eres Tarl Cabot?—Sí, soy Tarl Cabot —respondí.—Yo soy tu padre —dijo y me dio la mano. El gesto familiar me tranquilizó un poco. Me sentía sorprendido, ya que no sólo aceptaba a este extraño como a un ser de mi mundo, sino también como a aquel padre a quien no podía recordar.—¿Cómo está tu madre? —preguntó y sus ojos denotaban preocupación.—Murió hace mucho tiempo —dije.Me miró. —De todas fue a ella a la que más quise —dijo, y se apartó. Me sentía furioso conmigo mismo, ya que aun contra mi voluntad sentí compasión por él. ¿Acaso no nos había abandonado a mi madre y a mí? Pero de algún modo me sentí urgido a acercarme a mi padre y colocar mi mano sobre su brazo, a tocarlo. Algo se estaba moviendo dentro de mí, surgían recuerdos vagos y dolorosos que se habían mantenido en estado latente durante muchos años.—¡Padre! —dije.Se irguió, se dio la vuelta y me miró con tristeza. —¡Hijo mío! —respondió.Nos encontramos en la mitad de la habitación y nos abrazamos. Llorábamos los dos. Más tarde me enteraría de que en este mundo un hombre puede mostrar sin reparos sus sentimientos.Finalmente nos separamos.Mi padre me examinó con una mirada tranquila. —Ella será la última —dijo—. No tenía derecho a su amor.Luego hizo una pausa. —Muchas gracias por tu regalo, Tarl Cabot —dijo entonces.Lo miré sin comprender.—El puñado de tierra. Un puñado del suelo de mi patria.Asentí. Yo no deseaba hablar ahora, quería escuchar innumerables cosas que seguramente debía saber.—Tendrás hambre —me dijo.—Quisiera saber dónde estoy y para qué estoy aquí —contesté.—Por supuesto —respondió—. Pero también tienes que comer —sonrió— Mientras comes algo, hablaremos.Dio una palmada y un sector de la pared volvió a desplazarse hacía un costado. Me sentí desconcertado. A través de la abertura apareció una muchacha, cuyos cabellos rubios estaban atados por detrás de la cabeza. Llevaba una vestimenta sin mangas, con rayas diagonales. Iba descalza y, como único adorno, lucía un liviano collar de acero alrededor de la garganta. Volvió a desaparecer inmediatamente.—La puedes tener esta noche, si así lo deseas —dijo mi padre, que apenas pareció advertir la presencia de la muchacha.Yo no estaba seguro de lo que había querido decir y rehusé.Ante la insistencia de mi padre empecé a comer. La comida era sencilla, pero exquisita. El pan estaba todavía caliente, la carne parecía proceder de alguna pieza de caza. Las frutas —una especie de uvas y duraznos— eran frescas y estaban frías como la nieve de las montañas. Mientras yo comía mi padre comenzó a hablar.—Gor —dijo—, así se llama este mundo. En todas las lenguas del planeta esto significa “Piedra del Hogar”.Hizo una pausa. —“Piedra del Hogar” —repitió— En los pueblos de este mundo —prosiguió—, cada choza se ha construido originariamente alrededor de una piedra plana que formaba el centro del edificio circular. En ella se grababa el signo de la familia y se la llamaba Piedra del Hogar. Se trataba en cierto modo de un signo de independencia, una delimitación del espacio vital, y de que cada hombre en su cabaña era su propio amo.“Más tarde las Piedras del Hogar también se utilizaron para poblados y finalmente para ciudades. La Piedra del Hogar de un pueblo se encuentra siempre sobre la plaza del mercado, y en una ciudad se la conserva siempre sobre la punta de la torre más elevada. Con el pasar del tiempo a la Piedra se le atribuyeron fuerzas místicas, despertaba sentimientos similares a los de los hombres de la Tierra con respecto a sus banderas.Mi padre se había levantado y parecía que iba entrando en calor al hablar de este tema. Con el correr del tiempo habría de comprender algo acerca de lo que sentía en ese instante. Efectivamente existe una regla en Gor, según la cual el que habla de las Piedras del Hogar debe ponerse de pie en señal de respeto.—Estas Piedras —prosiguió mi padre— naturalmente se hallan conformadas y coloreadas de manera diferente, y muchas presentan dibujos complicados. Más de una gran ciudad sólo posee una Piedra del Hogar pequeña, insignificante, que seguramente proviene de la época en que la ciudad era un pueblo pequeño. Dondequiera que un hombre coloque su Piedra del Hogar, reclama la tierra para sí. Las buenas tierras sólo son protegidas por las espadas de los terratenientes más poderosos de la región.—¿Espadas? —pregunté.—Sí —dijo mi padre, como si se tratara de lo más natural. Sonrió— Todavía tendrás que aprender mucho sobre Gor —dijo— Podría decirse que existe una jerarquía en cuanto a las Piedras del Hogar. Dos soldados que se matarían por una franja de buena tierra, luchan juntos hasta la muerte por la Piedra del Hogar de su pueblo o de la ciudad, dentro de cuyo radio de influencia se encuentra su pueblo.“Algún día te mostraré mi propia pequeña Piedra del Hogar, que conservo en mis habitaciones. Encierra un puñado de tierra que traje al venir a este mundo. Hace mucho tiempo de esto —me contempló tranquilamente—. Guardaré la tierra que tú me has regalado —dijo en voz baja—, y algún día quizá te pertenezca a ti si logras conquistar tu propia Piedra.Me puse de pie y lo miré.Se había apartado, perdido aparentemente en sus propios pensamientos.—De tiempo en tiempo conquistadores o estadistas sueñan con crear una única gran Piedra del Hogar para todo el planeta. De acuerdo con los rumores tal Piedra existe, pero se encuentra en el Lugar Sagrado y es la fuente de poder de los Reyes Sacerdotes.—¿Y quiénes son los Reyes Sacerdotes? —pregunté.Mi padre se dio la vuelta; parecía preocupado, como si ya hubiera dicho demasiado.—Sí —dijo finalmente—. Es cierto que también tendré que informarte acerca de los Reyes Sacerdotes. Pero deja que lo haga a mi manera, a fin de que entiendas mejor lo que voy a relatarte.Volvimos a sentarnos y mi padre se concentró en la tarea de explicarme metódicamente su mundo.En su relato, designaba a menudo el planeta Gor como la Contratierra, una denominación que procede de los escritos de los pitagóricos que fueron los primeros en sospechar la existencia de semejante cuerpo celeste. Extrañamente, el Sol era llamado en goreano Lar-Torvis, lo que significa fuego central, otra expresión pitagórica, que sin embargo, por lo que sé, no fue aplicada al Sol. Existía en Gor una secta que adoraba al Sol, según me enteré más tarde, pero era reducida e insignificante en comparación con el culto a los Reyes Sacerdotes. Estos, quienesquiera fueran, tenían para la población el rango de dioses, los más antiguos de Gor, y, en un momento de peligro, aun al más valiente podría escapársele una plegaria a los Reyes Sacerdotes.—Los Reyes Sacerdotes —prosiguió mi padre— son inmortales. Por lo menos eso es lo que aquí cree la mayoría.—¿También lo crees tú? —pregunté.—No lo sé. Quizás.—¿Qué tipo de seres humanos son?—No se sabe si se trata de seres humanos —contestó mi padre.—Y entonces ¿qué son?—Quizá dioses.—¡Pero tú no crees eso!—¿Por qué no? —dijo—. Un ser que está por encima de la muerte y posee un poder y una sabiduría inimaginables bien podría merecer ese nombre.No respondí.—Más bien supondría —prosiguió mi padre— que a pesar de todo los Reyes Sacerdotes son seres humanos; hombres como nosotros, o al menos organismos humanoides de alguna especie, dotados de una ciencia y una tecnología tan superiores a las nuestras como lo es el desarrollo del siglo veinte frente al saber de los antiguos astrólogos y alquimistas.Esta suposición de mi padre me parecía fundamentada.¿Acaso la tecnología del sobre, la desconexión de mi brújula y la extraña aeronave no parecían confirmar que aquí actuaban seres con poderes extraordinarios?—Los Reyes Sacerdotes —me dijo— tienen su Lugar Sagrado en las Montañas Sardar, un desierto en el que nadie puede internarse. Para la gran mayoría, el Lugar Sagrado es tabú. Hasta ahora nadie ha regresado de esas montañas.Mi padre parecía mirar al vacío.—Ha habido casos de idealistas y rebeldes que hallaron la muerte en las pendientes heladas de los Montes. Si uno desea aproximarse debe ir a pie, pues nuestros animales no se atreven a acercarse al lugar. Miembros de los cuerpos de algunas personas que habían buscado refugio allí se encontraron en las llanuras, como pedazos de carne arrojados para alimento de los animales de rapiña desde una distancia inconcebible.Mi mano agarró el jarro con cierta vehemencia.—A veces —prosiguió—, algún anciano se pone en camino hacia las Montañas para encontrar allí el secreto de la inmortalidad. Pero nadie ha regresado jamás. Algunos afirman que llegan a ser Reyes Sacerdotes, pero yo más bien creo que querer averiguar su misterio significa una muerte segura.A continuación, mi padre me explicó las leyendas que circulaban acerca de los Reyes Sacerdotes, y me enteré que, al menos en un aspecto, eran los verdaderos dioses del planeta, ya que podían aniquilar o controlar todo lo que deseaban. Según rezaba la opinión general no se les escapaba nada de lo que ocurría en el planeta, pero si esto era cierto apenas parecían percatarse de ello, como pude enterarme después. Según decían, tendían hacia la santidad y en su recogimiento íntimo no se podían ocupar de las nimiedades del mundo exterior. Esta suposición, por cierto, no me parecía estar de acuerdo con el terrible destino que aguardaba a todos aquellos que escalaban las Montañas Sardar. Me costaba imaginar a un santo espiritualizado que sale un momento de su estado contemplativo para despedazar a un intruso y dispersar sus restos sobre la llanura.—Existe, sin embargo, un área —dijo mi padre— por la cual los Reyes Sacerdotes muestran sumo interés: la tecnología. Ellos limitan, mediante intervenciones activas, nuestro desarrollo en esta área. Resulta increíble, pero las armas más poderosas que nos permiten utilizar a nosotros, los cismontanos, que vivimos a la sombra de las Montañas, son la lanza y la ballesta. Aparte de esto no existen medios mecánicos de transporte o de comunicación o dispositivos de detección, como por ejemplo el radar, sin los cuales resulta imposible imaginar la vida militar en la Tierra.Por otra parte, nosotros los mortales, los cismontanos, hemos evolucionado mucho en cuanto a áreas como iluminación, construcción de ciudades, agricultura y medicina —me miró divertido— Seguramente te habrás interrogado por qué esas numerosas lagunas en nuestra tecnología no fueron llenadas pasando por alto a los Reyes Sacerdotes. Sería extraño que no hubiera mentes en este mundo capaces de inventar algo así como un fusil o un tanque.—Yo pienso lo mismo —dije.—Y así es —agregó mi padre con enojo— De tiempo en tiempo ocurre algo por el estilo, pero los inventores siempre son aniquilados poco después. Mueren devorados por las llamas.—¿Cómo el sobre de metal azul?—Sí —dijo— Quien posee un arma prohibida debe morir devorado por las llamas. A veces, algunos hombres valientes llegan a poseer material bélico y eluden la Muerte Llameante, quizá durante un año. Pero más tarde o más temprano se los descubre.—¿Y cómo explicar entonces la existencia de la nave que me trajo hasta aquí? ¡Es un ejemplo magnífico de vuestra tecnología!—No de nuestra tecnología, sino de la de los Reyes Sacerdotes —dijo— No creo que la tripulación de la nave contara con hombres procedentes de las sombras de las Montañas, a cismontanos.—¿La tripulación estaría constituida por Reyes Sacerdotes? —pregunté.—Sinceramente creo que la nave de las Montañas Sardar se hallaba pilotada a distancia, de la misma manera, según dicen, que todos los viajes de adquisición.—¿Adquisición?—Sí —dijo mi padre—. Hace mucho yo realicé el mismo viaje extraño que realizaste tú. Igual que muchos otros.—Pero ¿con qué fin, con qué propósito? —pregunté.—Cada uno, quizá, por un motivo diferente, con diversos fines —dijo.Mi padre me relató entonces que, según referencias de los Iniciados, que se consideraban intermediarios entre los Reyes Sacerdotes y los hombres, el planeta Gor había sido alguna vez el satélite de un sol lejano. La ciencia de los Reyes Sacerdotes lo habría desplazado repetidas veces y habría encontrado para él una y otra vez nuevas estrellas. Consideré poco probable esta historia, y no en última instancia por las enormes distancias. Si era cierto que el planeta había sido movido alguna vez —y yo sabía que esto era empíricamente posible— debió de ocurrir desde una estrella que se encontrara muy próxima. Quizá Gor había sido alguna vez un satélite de Alfa Centauro aunque también en este caso las distancias eran casi insuperables.Existía otra posibilidad, que le comuniqué a mi padre: quizás el planeta siempre había sido parte de nuestro sistema, claro que sin haber sido descubierto. Esto parecía probable si se tenían en cuenta los estudios astronómicos realizados durante milenios desde el hombre de Neandertal hasta los brillantes investigadores de Monte Wilson y Monte Palomar. Asombrado advertí que mi padre admitía sin más esta hipótesis absurda.—Esa —dijo vivazmente— es la teoría del escudo solar. Es por esta razón que también imagino a menudo al planeta como la Contratierra, no sólo porque se asemeja tanto a nuestro planeta de origen, sino porque se encuentra exactamente opuesto a la Tierra en su órbita. Tiene la misma órbita de revolución y mantiene siempre el fuego central entre sí y su hermana planetaria la Tierra, a pesar de que esto requiera de tiempo en tiempo una variación en la velocidad de revoluciones.—Pero es imposible que no lo descubran —objeté—. No se puede esconder sin más un planeta del tamaño de la Tierra. ¡Es imposible!—Subestimas a los Reyes Sacerdotes y su ciencia —dijo mi padre sonriendo— Todo poder capaz de mover un planeta, y yo creo que los Reyes Sacerdotes lo tienen, también puede influir en la velocidad general de revolución de este cuerpo celeste, a fin de que el Sol nos sirva constantemente de escudo protector. Estoy convencido que los Reyes Sacerdotes pueden neutralizar la fuerza de gravitación, por lo menos en una zona limitada, y creo que efectivamente lo hacen. Por ejemplo, ciertos indicios físicos, que hacen pensar en la existencia de un planeta —como rayos luminosos y ondas sonoras— pueden ser desviados, quizás por una deformación de la fuerza de gravitación del universo en la proximidad del planeta, por lo cual las ondas luminosas y sonoras se dispersan, se desvían o son reflejadas; y, de este modo, no delatarían la presencia de ese mundo. De la misma manera pueden manejarse satélites de exploración —agregó mi padre— Naturalmente sólo cito aquí algunas hipótesis, pues lo que hacen realmente los Reyes Sacerdotes, y cómo lo hacen, sólo ellos lo saben.Vacié mi jarro.—Efectivamente existen indicios acerca de la existencia de la Contratierra —dijo mi padre— Determinadas señales naturales en el campo de radiaciones del espectro.Mi sorpresa era evidente.—Sí —agregó—, pero como la suposición de que pudiera existir otro mundo no es digna de crédito, estas referencias han sido interpretadas en conformidad con otras teorías, a veces se prefirió suponer imperfecciones en los instrumentos antes que admitir la presencia de otro mundo en nuestro sistema solar. Y es que es más fácil creer sólo lo que se quiere creer.Mi padre no tenía nada más que decirme. Se levantó, me tomó por los hombros, me retuvo durante un instante y sonrió. A continuación el sector de la pared se desplazó silenciosamente hacia un costado y mi padre abandonó la habitación. No había dicho nada acerca de la misión que me esperaba aquí. La razón por la cual yo había venido a la Contratierra era algo acerca de lo que todavía no deseaba conversar conmigo, y tampoco me explicó el secreto relativamente poco importante de la extraña carta. Lo que más me dolía era que no había hablado nada acerca de sí mismo. Sentía un deseo imperioso de conocer más de cerca este amable extraño que era mi padre.Mi informe sólo contiene datos que conozco como reales por propia experiencia, pero no me sentiré ofendido si usted, estimado lector, se muestra incrédulo. Con las pocas pruebas que puedo ofrecerle es casi su deber poner en duda mi relato o al menos suspender su juicio al respecto. Efectivamente, la probabilidad de que este informe sea tomado en serio es tan lejana que los Reyes Sacerdotes de las Montañas Sardar evidentemente nada tienen que objetarle a su redacción. Me alegro de que así sea, pues siento una necesidad urgente de contar mi historia; no puedo dejar de hacerlo.Quizá los Reyes Sacerdotes sean también lo bastante humanos como para ser vanidosos, si es que realmente se trata de seres humanos, pues jamás han sido vistos por nadie. Quizá sean lo suficientemente vanidosos como para desear que usted, lector, se entere de su existencia, si bien sólo de una manera tal que le imposibilite tomar en serio mi relato. Quizás en el Lugar Sagrado exista el humor o la ironía. Pues aun si me creyera ¿qué podría hacer usted? Nada. Usted, con su tecnología primitiva de la que se siente tan orgulloso, por lo menos durante mil años no podría hacer nada; y para entonces, si los Reyes Sacerdotes así lo desearan, este planeta ya habría encontrado desde tiempo atrás un nuevo Sol y nuevos pueblos para sus verdes prados.

EL TARN

—¡Eh! —exclamó Torm, un miembro bastante poco típico de la Casta de los Escribas, y se cubrió la cabeza con su túnica como si ya no soportara verme— ¡Sí! —exclamó y dejó entrever un mechón de cabello rubio entre los pliegues de la tela—. Sí, me lo he merecido. ¿Por qué, yo, un idiota, siempre tendré que vérmelas con idiotas? ¿Acaso no tengo otras cosas más importantes que hacer? ¿Acaso no aguardan aquí mil rollos escritos el momento de ser descifrados?
—No me lo preguntes a mí —dije.
—¡Pues mira! —exclamó desesperado, e hizo un gesto de desconsuelo. En todo Gor no había visto una habitación tan desordenada. La ancha mesa de madera estaba cubierta de papeles y tinteros; el suelo, hasta el último centímetro cuadrado, estaba lleno de rollos, y otros, cientos quizá, se hallaban apilados sobre estantes. Una de las ventanas había sido agrandada violentamente, y yo me imaginaba a Torm con un martillo, golpeando iracundo la pared para obtener más luz para su trabajo. Debajo de la mesa había un brasero con carbones ardientes que le calentaban los pies, peligrosamente cerca de sus rollos eruditos.
Torm era de complexión endeble y solía recordarme a un pájaro enojado, cuya ocupación preferida consistiera en insultar a las ardillas. Los goreanos a quienes había llegado a conocer hasta ahora, se vestían siempre con pulcritud, pero Torm evidentemente tenía otras cosas más importantes que hacer. Entre ellas se contaba también, en apariencia, instruir a seres que, como yo, no tenían idea de nada.
A pesar de su excentricidad, me sentía atraído hacia este hombre. Percibía en él algo que despertaba mi admiración: un espíritu inteligente y amable, sentido del humor y amor por el estudio, uno de los sentimientos más profundos y sinceros que pueden existir. Este amor por sus rollos y por los hombres que los habían escrito hacía siglos era lo que en realidad más me impresionaba. Podría parecer increíble, pero para mí era el hombre más docto en la ciudad de los cilindros.
Torm, irritado, se abrió paso entre uno de los enormes montones de papel, tomó finalmente, apoyándose sobre sus manos y rodillas, un rollo pequeño y delgado y lo colocó en el dispositivo para la lectura, un marco metálico con rollos de ambos lados.
—¡Al-Ka! —exclamó, al tiempo que señalaba un signo con un dedo largo e imperioso— Al-ka.
—Al-Ka —repetí.
Nos miramos y comenzamos a reímos. Una lágrima de alegría le rodó a Torm por la nariz. Sus ojos, de un azul claro, centelleaban.
Y así empecé a aprender el alfabeto goreano.
Las semanas siguientes me depararon bastante trabajo, sólo interrumpidas por pausas para el descanso cuidadosamente calculadas. En un primer momento, mis maestros fueron mi padre y Torm, pero cuando empecé a familiarizarme con el idioma, se sumaron varios otros que me impartían enseñanzas sobre diversos temas. Torm, en realidad, sólo había aprendido el inglés como práctica y diversión, ya que no se hablaba en ninguna parte del planeta; evidentemente le gustaba expresar sus pensamientos en un idioma totalmente extraño.
Mi formación abarcaba, junto al saber intelectual, el conocimiento de las armas y el uso de otros numerosos instrumentos, tan familiares a los goreanos como entre nosotros son las calculadoras y las balanzas.
Uno de los aparatos más interesantes era el traductor, que se podía adaptar a diferentes idiomas. A pesar de que en Gor parecía existir un idioma principal conocido por todos, que tenía varios dialectos y lenguas secundarias, existían algunos idiomas que para mí no sonaban en absoluto como tales; me parecían más bien gritos de aves y animales de rapiña. El traductor me resultó, pues, muy útil.
Fue una grata sorpresa que mi padre hubiera adaptado uno de esos aparatos al idioma inglés: circunstancia muy favorable para mi estudio de idiomas. Para alivio de Torm yo también podía arreglármelas solo con el aparato, que además era una maravilla por sus reducidas dimensiones. Del tamaño aproximado al de una máquina de escribir portátil, podía ser adaptado a cuatro idiomas no goreanos. Naturalmente, las traducciones resultan muy literales y el vocabulario está limitado a unas veinticinco mil equivalencias para cada idioma. Por esta razón la máquina no era muy apropiada para una comunicación fluida.
Torm me había explicado escuetamente: —Debes ocuparte de la historia y leyendas de Gor, de su geografía y economía, de sus estructuras sociales y costumbres, como puede ser el sistema de castas y los grupos de clanes, el derecho a colocar la Piedra del Hogar, el Lugar Sagrado, el derecho militar, etcétera.
Y yo me iba familiarizando con todo esto. De vez en cuando, Torm prorrumpía en un grito de espanto cuando yo cometía algún error, y entonces se armaba de un gran rollo de papel —con las obras de un autor con el que no simpatizaba— y me propinaba un golpe en la cabeza. Del modo que fuera, estaba decidido a que su instrucción diese frutos.
Extrañamente la enseñanza religiosa se reducía a la adoración de los Reyes Sacerdotes. Torm eludía mis otras preguntas con la observación de que eso era cosa de los Iniciados. Evidentemente en este mundo la religión es un tesoro guardado con celo por la Casta de los Iniciados, que en pocas ocasiones permite la participación de miembros de otras castas en sus sacrificios y ceremonias. Debía aprender de memoria algunas plegarias dirigidas a los Reyes Sacerdotes, pero se conservaban en goreano antiguo, una lengua que sólo hablaban los Iniciados, de modo que no me preocupé mucho por ello. Además tenía la impresión de que existían ciertas tensiones entre la Casta de los Escribas y la de los Iniciados.
Las reglas éticas de vida en Gor se hallan conservadas, en su mayoría, en las costumbres de las castas, colecciones de indicaciones, cuyos orígenes se perdían en el pasado. A mí me educaban especialmente de acuerdo con el código de la casta guerrera.
—De todos modos, tú nunca llegarías a ser un buen escriba —dijo Torm.
El código de los guerreros se caracterizaba por una rudimentaria caballerosidad y enfatizaba la fidelidad hacia los superiores y la Piedra del Hogar. Las reglas eran duras, pero contenían cierta gallardía, un sentido del honor, que yo podía respetar.
También recibí instrucciones acerca del Doble Conocimiento, es decir, me enteré qué sabían los hombres en general y qué llegaban a saber los intelectuales en particular. A veces existía una diferencia sorprendente entre ambos. Por ejemplo, se hacía creer a los hombres que se hallaban por debajo de las castas elevadas que el mundo es un disco ancho y plano. Quizá se pretendía de esta manera evitar todo intento de indagación. Por otra parte, las castas elevadas —Guerreros, Constructores, Escribas, Iniciados y Médicos— conocían la verdad acerca de estos temas. Sin embargo, comencé a interrogarme acerca de si el Segundo Conocimiento, el de los intelectuales, acaso no estaba tan limitado como la enseñanza en el nivel inferior, si no se proponía también frenar y poner trabas al ansia de saber humano. Tenía la impresión de que existía un Tercer Conocimiento, que se hallaba limitado a los Reyes Sacerdotes.
—La ciudad estado —comentó mi padre una tarde— es la unidad política normal en Gor, ciudades rivales que controlan el territorio adyacente, rodeadas por una tierra de nadie, compuesta de territorios libres.
—¿Cómo se determina la conducción en estas ciudades? —pregunté.
—Los gobernantes son elegidos entre los miembros de cualquier casta elevada.
Fruncí el ceño. —¿Sólo de las castas elevadas?
—El sistema de castas —respondió mi padre pacientemente— es relativamente rígido, pero no está congelado y no depende exclusivamente del nacimiento. Cuando, por ejemplo, un niño en la escuela demuestra que está en condiciones de pertenecer a una casta más elevada, esto le es concedido. Existe también el caso contrario; es decir, cuando un niño no logra el nivel que se espera de él como miembro de su casta.
—Comprendo —dije, sin sentirme realmente convencido.
—Las castas elevadas de cada ciudad —prosiguió mi padre— eligen por un tiempo determinado un administrador y un consejo. Si surge una crisis, se nombra un jefe militar, un Ubar, que ejerce la totalidad del poder, hasta que a su entender la crisis ha pasado.
—¿A su entender? —pregunté con escepticismo.
—Generalmente los Ubares renuncian a su cargo después de la crisis. Esto es parte del código de los guerreros.
—Pero ¿qué es lo que ocurre cuando no renuncian a su cargo? —Me había dado cuenta ya de que no siempre se podía confiar en el cumplimiento de las reglas de las castas.
—Si un Ubar no quiere dimitir, por lo general es abandonado por su gente. El líder militar se queda solo en su palacio, a merced de las furiosas masas populares.
Asentí con la cabeza e imaginé un palacio vacío, en el que un hombre solitario se encontrara sentado sobre un trono, envuelto en las vestimentas propias de su cargo, esperando el asedio de las masas.
—Sin embargo —continuó mí padre—, a veces un Ubar logra conquistar el corazón de sus hombres, quienes permanecen a su lado. Entonces se convierte en tirano y gobierna hasta que es derribado por la fuerza de una u otra manera.
Las facciones de mi padre se habían endurecido. Parecía conocer un hombre semejante. —Hasta que es derribado por la fuerza —repitió lentamente.

A la mañana siguiente, me aguardaban junto a Torm nuevas e interminables lecciones.
Gor no era una esfera, sino un esferoide, algo más pesado en el hemisferio sur. La inclinación de su eje era algo mayor que la de la Tierra, pero no lo suficiente como para que el clima no presentara cambios de estación. Gor contaba con dos zonas polares y una ecuatorial, entre las cuales se extendían, al norte y al sur, zonas de clima moderado. Con sorpresa descubrí que una gran parte de los mapas estaba en blanco, pero aun así me costó bastante aprender de memoria todos los ríos, mares, llanuras y penínsulas conocidos.
Desde un punto de vista económico la vida goreana se basaba en el trabajo del campesino libre, quizá la casta más baja, pero también la más sólida. El alimento básico era un grano amarillo, llamado Sa-Tarna, hija de la vida. Resulta interesante señalar que a la carne se la llamaba Sa-Tassna, lo que significa madre de la vida. Además, en el lenguaje corriente, Sa-Tassna servía para designar el alimento en general. Esto parecía sugerir que los goreanos alguna vez, en épocas anteriores, se habían alimentado preferentemente de la caza.
Por cierto que me quedaba poco tiempo libre para especulaciones, ya que debía cumplir con las exigencias de mi plan de estudios. Parecía que existía el propósito de convertirme, en unas pocas semanas, en un auténtico goreano. Pero esas semanas también me aportaron satisfacciones, como siempre cuando estudiaba y sentía que me desarrollaba, aun sin conocer todavía la meta final. En esas semanas entré en contacto con muchos goreanos, por lo general miembros de la Casta de los Escribas y de los Guerreros.
Hasta ahora había visto pocas mujeres, pero sabía que en el caso de que fueran libres, ascendían o descendían dentro del sistema de castas según las mismas reglas que los hombres si bien esto parecía diferir de una ciudad a otra. Tomada en conjunto, la gente me gustaba y estaba seguro de que básicamente procedía de la Tierra. Sus antepasados debían de haber llegado a Gor a través de los así llamados viajes de adquisición y luego, simplemente, se los había dejado vivir en libertad, como a animales en una reserva natural.
En lo que respecta a estos antepasados puede haberse tratado de caldeos o celtas, sirios o ingleses, que en el transcurso de muchos siglos habían llegado aquí procedentes de las más diversas civilizaciones. Los hijos y nietos naturalmente se habrían convertido en goreanos, por lo cual desaparecía casi toda huella de su origen terrestre. Sin embargo, de tiempo en tiempo me entusiasmaba el encontrar una palabra inglesa en el idioma goreano, como por ejemplo “hacha” o “barco”.
—Torm —pregunté en cierta ocasión—, ¿por qué el origen terrestre no es parte del Primer Conocimiento?
—¿Acaso eso no resulta evidente?
—No —dije.
—¡Ah! —respondió. Cerró lentamente los ojos y permaneció un rato callado— Tienes razón. No es evidente.
—¿Y qué hacemos entonces? —pregunté.
—Continuemos con nuestros estudios.
El sistema de las castas, si bien socialmente eficaz, despertaba en mí ciertos reparos personales. En mi opinión era demasiado rígido, particularmente con respecto a la elección de los gobernantes entre los miembros de las castas elevadas y al Doble Conocimiento. Pero todavía mucho peor era la institución de la esclavitud. Para el goreano, fuera del sistema de las castas, existían sólo tres formas de vida: esclavo, proscrito y rey sacerdote. Un hombre que no quisiera ejercer su oficio o pretendiera cambiar de status sin el consentimiento del Consejo de las Castas Elevadas, se convertía automáticamente en un proscrito y era empalado.
La muchacha que había visto el primer día en mi habitación había sido esclava, y el collar que rodeaba su cuello, que yo tomé por un adorno, era su marca de esclavitud. Una segunda marca, ésta con hierro candente, se hallaba oculta debajo de la ropa. Esta última la señalaba como esclava, mientras que el collar identificaba a su dueño. No había vuelto a ver a la joven y reflexionaba acerca de qué habría sido de ella. Pero no pregunté nada al respecto. Fue parte de las primeras enseñanzas que me impartieron en Gor: la preocupación por una esclava estaba fuera de lugar. Por lo tanto me contuve. Aprendí incidentalmente de un Escriba que los esclavos no pueden enseñar a los hombres libres, ya que esto podría originar una deuda, y nadie podía deberle nada a un esclavo. Decidí defenderme con todas mis fuerzas contra este sistema humillante. Hablé una vez con mi padre sobre el tema, y me dijo que en Gor existían cosas aun mucho peores que la esclavitud.

Sin ninguna advertencia previa, la lanza de bronce surcó los aires, dirigida hacia mi pecho. Salté hacia un lado y la punta cortó mi túnica y me produjo una marca sangrienta en la piel. El metal se clavó unos veinte centímetros en un pilar de madera que se hallaba detrás de mí. Si no hubiera saltado, la lanza me habría atravesado.
—Es bastante rápido —dijo el hombre que había arrojado la lanza—. Lo acepto.
Este fue mi primer encuentro con mi instructor en el uso de las armas, quien también se llamaba Tarl. Lo llamaré aquí Tarl el Viejo. Parecía un vikingo rubio; era un tipo barbudo, de rostro alegre y arrugado y ojos azules y salvajes, que parecía contemplar el mundo como si fuera de su propiedad. Era un hombre orgulloso sin arrogancia, un hombre que sabía que manejaba bien sus armas y podía acabar con cualquier contrincante.
Con el tiempo llegué a conocerlo bien, pues la parte más importante de mi formación estaba dedicada ahora, con mucho, a las armas, fundamentalmente a entrenarme en el manejo de la espada y la lanza. La lanza me parecía particularmente liviana debido a la menor fuerza de gravitación, y pronto llegué a manejarla con mucha habilidad. A corta distancia podía atravesar un escudo y a una distancia de veinte metros podía hacer blanco en un objeto del tamaño de un plato de sopa.
También tuve que aprender a arrojar la lanza con la mano izquierda.
—¿Cómo te arreglarías si estuvieras herido en el brazo derecho? —preguntó Tarl el Viejo, que advirtió mi resistencia— ¿Qué harías entonces?
—¿Huir? —preguntó Torm que de vez en cuando asistía a mis clases.
—¡No! —exclamó Tarl el Viejo—. Tienes que seguir luchando y morir como un guerrero.
Torm tomó un rollo escrito, lo colocó bajo el brazo y se sonó la nariz. —¿Y eso te parece razonable? —Preguntó.
Tarl el Viejo tomó su lanza y Torm, apresurado, alzó su túnica azul y desapareció.
Desesperado, puse manos a la obra y advertí sorprendido, después de algún tiempo, que había podido desarrollar cierta destreza también con el brazo izquierdo. Había mejorado mis posibilidades de supervivencia en un porcentaje indefinido.
También fue muy riguroso mi entrenamiento con la corta y ancha espada goreana. En Oxford había pertenecido a un club de esgrima y, por lo tanto, ya contaba con algunos conocimientos básicos; pero ahora la cosa iba realmente en serio. También aprendí a manejar la espada con ambas manos, a pesar de lo cual tuve que confesarme que era diestro y que nunca dejaría de serio.
En el transcurso de mi aprendizaje con la espada, Tarl el Viejo me hirió más de una vez con su arma. Cuando lo hacía, solía decir provocando mi fastidio: —¡Estás muerto!— Hacia el final de la época de entrenamiento logré abrirme paso a través de su defensa y provocarle una herida punzante en el pecho. Retiré mi espada, cuya punta estaba manchada de sangre. Tarl arrojó su arma al suelo con estrépito y me atrajo riendo hacia su pecho sangriento.
—¡Estoy muerto! —bramó triunfante. Me palmeó los hombros, orgulloso como un padre que ha enseñado ajedrez a su hijo y ha sido vencido por primera vez.
También me enseñaron a manejar el escudo, que principalmente debía servir para desviar la lanza y tornarla inofensiva. Cuando mi época de formación tocaba a su fin, solía luchar con casco y escudo. Hubiera deseado que mi equipo se viera completado por una armadura o quizás una cota de mallas, pero me enteré que eso estaba prohibido por los Reyes Sacerdotes. Tal vez el motivo de esto residía en el deseo de que la guerra siguiera siendo un proceso de selección biológica, en el cual los débiles y los lentos sucumben y no siguen multiplicándose Esta también puede ser la explicación de las armas relativamente primitivas que les estaba permitido usar a los hombres que habitaban a la sombra de las Montañas Sardar.
Aparte de la lanza y de la espada se admitía el uso de la ballesta y del arco; pero apenas recibí instrucción al respecto, ya que Tarl el Viejo no las apreciaba mucho. Las consideraba armas de segunda categoría, poco dignas de ser utilizadas por un guerrero. Yo no compartía su desprecio y trataba de adiestrarme en mis ratos libres.

Sospechaba que mi formación estaba llegando a su fin —quizá porque mis períodos de reposo se iban haciendo más largos o porque más de una vez se mencionaban cosas que yo ya conocía; quizá también por la actitud de mis instructores. Sentía que estaba casi preparado, casi listo pero no tenía la menor idea del para qué. En esos últimos días me producía un placer especial el hecho de dominar sin esfuerzo la lengua goreana. Empecé a soñar en goreano y a lograr entender a mis maestros cuando hablaban entre sí. También pensaba en goreano y debía hacer un pequeño esfuerzo cada vez que deseaba volver a pensar o hablar en inglés. En cierta oportunidad llegué a blasfemar en goreano, lo que le hizo mucha gracia a Tarl el Viejo.
Un día, a la hora de mis lecciones, Tarl el Viejo entró en mi habitación trayendo consigo una barra metálica de unos sesenta centímetros de largo, que tenía un lazo de cuero en un extremo. En este aparato se advertía una especie de conmutador. De su cinturón colgaba un instrumento similar. —Esta no es un arma —dijo—. Tampoco está permitido utilizarla corno tal.
—Pero entonces ¿qué es?
—Un aguijón de tarn —respondió. Se ajustó el conmutador más pequeño y tocó la mesa con él. Innumerables chispas saltaron despidiendo un color amarillento hacia todas direcciones, sin dejar ningún rastro sobre la mesa. Tarl desconectó la barra y me la acercó. Cuando extendí la mano para cogerla la conectó y me la puso en la mano. Infinitas estrellas amarillas parecían explotar en mi mano. Grité asustado y me llevé la mano a la boca. Había sentido algo similar a una fuerte descarga eléctrica. Revisé mi mano; no presentaba ninguna herida.
—Cuídate de un aguijón de tarn —dijo Tarl el Viejo—. No es juego de niños.
Recogí lentamente la barra, cuidando asirla cerca del cabo y coloqué la correa de cuero alrededor de la muñeca.
Tarl el Viejo abandonó la habitación; evidentemente yo debía seguirlo. Subirnos la escalera de caracol que ascendía por la parte interior de la torre cilíndrica. Después de atravesar varias docenas de pisos llegamos al techo plano del edificio. El viento azotaba la superficie circular y me empujaba hacia el borde. No había ninguna barandilla. Hice fuerza para no ser arrastrado por el viento mientras me interrogaba qué habría de suceder ahora. Cerré los ojos. Tarl el Viejo sacó un silbato de tarn de su túnica y se oyó un silbido penetrante.
Yo nunca había visto un tarn, con excepción de las representaciones gráficas en mi habitación y en libros de texto acerca de la cría, el cuidado y los utensilios propios para el manejo de estas aves. No me habían preparado expresamente para enfrentar esa situación, como lo habría de saber más tarde. Los goreanos creen que la capacidad de dominar un tarn tiene que ser innata. No es posible aprenderlo. Es cosa de la sangre y de la voluntad, del vínculo entre animal y ser humano, una relación entre dos seres que debe darse de manera intuitiva y espontánea. Se supone que un tarn sabe exactamente quién es un jinete y quién no lo es. Se dice que quien no lo es muere en el primer encuentro que tiene con su ave de combate.
Por de pronto sentí sólo un poderoso soplo de viento y escuche un ruido jadeante, ensordecedor, como si un gigante hiciera restallar una toalla; luego, estremecido de horror, me acurruqué bajo una gran sombra alada. Un tarn enorme, con garras semejantes a gigantescos ganchos de acero, batiendo salvajemente sus alas en el aire, se mantuvo rígido por encima de nosotros.
—¡Cuidado con las alas! —exclamó Tarl el Viejo.
La advertencia fue obvia; apresuradamente me hice a un lado. Un golpe de esas alas me habría arrojado al vacío.
El animal aterrizó sobre el techo del cilindro y nos contempló con sus negros ojos relucientes.
A pesar de que el tarn, lo mismo que la mayoría de las aves, es sorprendentemente liviano —lo que se debe, en primer término, a sus huesos huecos— es un ave sumamente vigorosa. Mientras que las grandes aves terrestres, como por ejemplo el águila, deben tomar carrera antes de levantar el vuelo, el tarn, con su increíble musculatura, puede ascender con su jinete solamente con un rápido estremecimiento de sus alas enormes. Para ello, también se ve favorecido por la menor fuerza de gravitación de Gor. Los goreanos suelen llamar a estas aves “hermanas del viento”.
El plumaje del tarn no es siempre el mismo, y se los cría teniendo también en cuenta su colorido, y no solamente su fuerza e inteligencia. Los tarns negros se utilizan para asaltos nocturnos; los blancos, para campañas militares invernales. Por su parte, los guerreros que desean impresionar y no tratan de pasar camuflados prefieren tarns de variados colores relucientes. El tarn común tiene un plumaje marrón verdoso. Prescindiendo del tamaño, el halcón es el ave terrestre que más se le parece, solo que el tarn tiene una cresta que se asemeja a la del grajo.
Los tarns, malignos por naturaleza, no están por lo general más que medianamente domesticados y, lo mismo que sus diminutos hermanos terrestres, son carnívoros. En más de una ocasión un tarn a llegado a atacar y devorar a su propio jinete o tarnsman. Sólo temen al aguijón de tarn. Son entrenados por hombres pertenecientes a la Casta de los Tarns. Cada vez que un ave joven se escapa o desobedece, es obligada a volver a su percha y se la castiga con el aguijón. Más tarde, por supuesto, las aves son desencadenadas, pero un aro en la pata ha de recordarles este castigo. Generalmente el entrenamiento da resultados positivos, excepto cuando el animal está sumamente agitado o ha estado mucho tiempo sin comer. El tarn se cuenta entre las dos cabalgaduras preferidas del guerrero goreano; la segunda es el tharlarión, una especie de lagarto, utilizado especialmente por los clanes que no saben manejar los tarns. Por lo que yo sabía, nadie en la ciudad de los cilindros poseía un tharlarión, a pesar de que, según decían, eran muy frecuentes en Gor, especialmente en las llanuras, los pantanos y los desiertos.
Tarl el Viejo había subido a su tarn, utilizando la escala de cinco escalones que cuelga del lado izquierdo de la silla de montar y que es recogida durante el vuelo. Con un ancho cinturón color púrpura se sujetó a la silla. Me arrojó un pequeño objeto, que casi se me cae de la mano. Era un silbato que emitía un sonido que sólo haría reaccionar a un tarn determinado: la cabalgadura que me estaba destinada. Después del episodio con la brújula enloquecida en las montañas de New Hampshire nunca me había sentido tan atemorizado, pero esta vez llegué a dominar mi temor. Si tenía que morir, nada podía hacer para impedirlo.
Hice sonar el silbato y se oyó un sonido agudo, que se diferenciaba netamente del silbido de Tarl.
Momentos después surgió un ser fantástico de la nada, quizá procedente de un resalto que se encontraba más abajo, un segundo tarn enorme, más grande que el primero, un ave negra reluciente, que voló una vez alrededor del cilindro y luego vino en dirección hacia mí. Aterrizó a pocos metros de distancia, y sus garras golpearon la piedra. Estaban fortalecidas por bordes de acero: era un tarn de combate. El ave alzó al cielo su pico encorvado y lanzó un chillido, al tiempo que sacudía sus alas. La poderosa cabeza giró hacía mí, sus ojos redondos me observaban. Enseguida abrió el pico, eché un rápido vistazo a su lengua delgada y cortante, tan larga como un brazo, y el monstruo se arrojó sobre mí, tratando de golpearme con su tremendo pico— entonces escuché los gritos aterrorizados de Tarl el Viejo: —¡El aguijón! ¡El aguijón
!

LA MISIÓN

Para protegerme, alcé rápidamente el brazo derecho; al hacerlo, el aguijón de tarn, que colgaba de la correa de cuero, describió una amplia curva. Lo agarré, lo usé como arma y golpeé con él el pico devorador que quería atraparme, como si yo fuera un simple comestible sobre el plato chato del techo cilíndrico. El tarn atacó dos veces y dos veces lo rechacé. Luego retiró la cabeza y abrió el pico, con el propósito de volver a atacar. En ese momento conecté el aguijón de tarn y le asesté un fuerte golpe. Las chispas saltaban como una cascada reluciente y retumbó un grito de rabia y dolor, mientras el animal aleteaba y se ponía fuera de mi alcance con un salto repentino, que casi me arrojó a las profundidades. Me apoyé sobre manos y rodillas y traté de volver a enderezarme. El tarn volaba alrededor del cilindro, profiriendo gritos penetrantes; finalmente se alejó.
Sin reflexionar un instante, toqué el silbato. Al oír ese sonido estridente, el ave gigante pareció estremecerse en el aire, comenzó a girar, fue perdiendo altura y luego volvió a ascender. En su pecho se desataba la lucha entre su naturaleza salvaje, la llamada de las montañas lejanas y del aire libre, y el entrenamiento a que había sido sometida en su juventud.
Con un violento grito de rabia regresó finalmente al cilindro. Recogí la breve escala, que colgaba de la silla de montar, trepé por ella, me acomodé en la silla y me ajusté el ancho cinturón púrpura que habría de protegerme de una caída.
Al tarn se le conduce mediante una correa de cuero colocada alrededor del cuello, al que generalmente se hallan sujetas otras seis correas de cuero, que confluyen en un aro metálico en la parte anterior de la silla de montar. Las riendas se hallan teñidas de diferentes colores y terminan en aros diferentes, muy distanciados entre sí en el collar colocado en el cuello del ave. Para determinar el rumbo, se tira de la rienda cuyo extremo señala con mayor aproximación la dirección deseada. Cuando, por ejemplo, se desea perder altura o aterrizar, se utiliza la cuarta rienda, que termina inmediatamente delante del cuello del tarn. Para ponerse en movimiento, se tira de la primera rienda, que ejerce una presión sobre el aro en la parte posterior del cuello del ave.
También se utiliza, ocasionalmente, el aguijón de tarn para conducir al animal; en este caso se toca ligeramente al ave en la dirección opuesta a la que se desea tomar, la que, al retroceder ante la barra eléctrica, seguirá adecuadamente. Este método, sin embargo, no es muy adecuado, ya que la reacción ocurre de una manera exclusivamente instintiva.
Tiré de la primera rienda y sentí, con espanto y alegría a la vez, los fuertes aletazos del ave. Fui violentamente arrojado hacia atrás, pero el cinturón me sostuvo. Durante un instante dejé de respirar; me aferré atemorizado al aro de la silla mientras mi mano sostenía la primera rienda. El tarn continuaba ascendiendo, y fui perdiendo de vista la ciudad de los cilindros. Nunca había experimentado algo similar, y si jamás anteriormente me había sentido semejante a un dios, por cierto que lo experimenté en ese primer momento. Miré hacia abajo y distinguí a Tarl el Viejo sobre su cabalgadura, que trataba de alcanzarme.
—¡Hola, pequeño! —gritó—. ¿Acaso pretendes llegar hasta las lunas de Gor?
De repente me sentí mareado. A mis pies las colinas y llanuras de Gor parecían un paisaje compuesto de manchas borrosas; casi creí distinguir la curva del mundo, pero debió haber sido una ilusión de los sentidos.
Antes de perder el conocimiento, tiré de la cuarta rienda y el tarn empezó a descender como un halcón que cae sobre su presa, con una rapidez que terminó por hacerme perder el aliento. Dejé las riendas sueltas, lo que es la señal de un vuelo constante en línea recta. El gran tarn aleteó, y empezó a volar más lentamente. Tarl el Viejo, que parecía muy contento, conducía su tarn cerca del mío. Desde él, me señaló la ciudad, que ahora se hallaba a bastantes kilómetros debajo de nosotros.
—¡Una carrera! —exclamé.
—¡De acuerdo! —respondió a gritos. Hizo girar a su tarn y se alejó volando. Me sentí fastidiado. Él era tan hábil en su trato con el animal, que enseguida se adelantaba y resultaba imposible alcanzarlo. Finalmente también yo logré hacer girar al animal y traté de aguijonearlo. Se me ocurrió que estas aves habrían sido entrenadas para reaccionar ante la voz humana. Entonces vociferé en goreano y en inglés: —¡Har-ta! ¡Har-ta! ¡Más rápido! ¡Más rápido!
El tarn pareció percibir lo que yo quería. Observé en él un cambio notable. Estiró la cabeza hacia adelante; las alas de repente batían el aire como látigos, los ojos relampagueaban y cada músculo y cada hueso parecían irradiar una fuerza inusitada. Fue un vuelo vertiginoso. Al cabo de un instante apenas nos adelantamos al sorprendido Tarl, y pocos momentos después aterrizamos sobre el gran cilindro, del que habíamos partido minutos antes.
—¡Por las barbas de los Reyes Sacerdotes! —tronó Tarl el Viejo, mientras hacía aterrizar a su ave— ¡Este tarn es increíble!
Los tarns, dejados en libertad, volvieron por propio impulso a sus corrales, y Tarl el Viejo y yo descendimos a nuestras habitaciones. Tarl casi no cabía en sí de orgullo. —¡Qué tarn! —exclamó—. Yo te llevaba un pasang de ventaja y sin embargo me has ganado. —El pasang es una unidad de distancia en Gor, que aproximadamente equivale a un kilómetro. —¡Este tarn está hecho a tu medida!
—Yo pensé que quería matarme —dije—. Casi tengo la impresión de que los criadores de tarns no domestican suficientemente a sus animales.
—Estás equivocado —exclamó Tarl el Viejo—. El entrenamiento es excelente. El espíritu del tarn no debe ser quebrantado, por lo menos en el caso del tarn de combate. Está domesticado hasta tal punto que depende de la fuerza de su amo si el animal lo devora o le obedece. Tú llegarás a conocer al tuvo y él a ti. En el cielo, los dos seréis uno solo: el tarn, el cuerpo, y tú, su voluntad. Vivirás con él un armisticio continuo. Si eres débil o indefenso, te mata. Pero mientras te mantengas fuerte y te afirmes como su amo, te acata y te respeta —calló un instante—. No estábamos seguros de ti, tu padre y yo, pero hoy sé con certeza a qué atenerme. Has dominado un tarn, un tarn de combate. Por tus venas debe de correr la sangre de tu padre, que fue una vez Ubar, líder guerrero de Ko-ro-ba, la ciudad de los cilindros, y que ahora es su administrador.
Me sentí sorprendido, pues no sabía que mi padre había sido jefe supremo de esta ciudad y que ahora se desempeñaba como su más alto funcionario civil.
De repente algo interrumpió nuestra conversación. Delante de nuestras ventanas se oyó un aleteo; Tarl el Viejo se arrojó sobre mí y me echó al suelo. En el mismo instante el pivote de hierro de una ballesta entró silbando a través de una de las estrechas ventanas, golpeó la pared detrás de la pata de mi silla y giró por la habitación. De un vistazo logré distinguir el casco negro de un tarnsman, que ya volvía a alejarse. Se oyeron gritos, pasos apresurados. Corrí a la ventana y vi cómo numerosos pivotes de ballesta trataban de alcanzar al agresor, que ya se encontraba a casi un pasang de distancia.
—Un miembro de la Casta de los Asesinos —dijo Tarl el Viejo—, Marlenus, que bien quisiera ser Ubar de todo Gor sabe de tu existencia.
—¿Quién es Marlenus? —pregunté; me temblaba la voz.
—Mañana lo sabrás —respondió Tarl el Viejo—. Y mañana te dirán también por qué te han traído a Gor.
—¿Por qué no puedo saberlo ahora?
—Porque el día de mañana tarda poco en llegar —me respondió.
Lo miré fijamente: —¿Y esta noche? —pregunté.
—Esta noche —dijo— nos emborracharemos.

A la mañana siguiente desperté sobre la estera de dormir, en un rincón de mi habitación. Sentía frío. Tenía un terrible dolor de cabeza y la impresión de que innumerables puntas de lanza me atravesaban el cerebro. Me incorporé con dificultad, me levanté, fui a tropezones hasta la palangana que se encontraba sobre la mesa y me salpiqué el rostro con agua.
No recordaba muy bien qué había ocurrido la noche anterior. Tarl el Viejo y yo habíamos paseado por la ciudad visitando una taberna tras otra, y todavía recordaba que yo había avanzado cantando y trastabillando por estrechos puentes sin barandillas. Tarl el Viejo también había bebido demasiado del jugo fermentado de granos; se llamaba Pagar-Sa-Tarna, deleite de la hija de la vida. Pero solía llamárselo simplemente “Paga”. No tenía la menor intención de volver a probar ese brebaje.
Recordé asimismo a las muchachas de la última taberna, magníficas figuras en sedosos vestidos de baile, esclavas criadas para el entretenimiento, para la pasión, como si se tratara de animales. Si era cierto que existían seres esclavos o libres de nacimiento, como sostenía Tarl el Viejo, estas muchachas eran esclavas de nacimiento. Era imposible imaginarlas de otra manera, pero también ellas debían de sentir un doloroso despertar, debían esforzarse en levantarse, en asearse. En particular, recordaba a una muchacha, su cuerpo, delgado como una vara, su pelo negro enmarañado sobre los hombros oscuros, las campanillas en los tobillos, el leve tañido tras las cortinas en la alcoba. De pronto se me ocurrió pensar que hubiera deseado poseer a esa muchacha por más tiempo que esa única hora por la que había pagado. Desterré el pensamiento de mi cabeza dolorida y, precisamente cuando me estaba abotonando la túnica, Tarl el Viejo entró en la habitación.
—Ahora iremos a la sala del Consejo —dijo.
Lo seguí.
La sala del Consejo es la habitación en la cual realizan sus reuniones los representantes elegidos de las castas elevadas de Ko-ro-ba. Cada ciudad tiene una habitación semejante. Esta se encontraba en el cilindro más grande, y el techo era por lo menos seis veces más alto que el de una habitación común. Los puntos de luz, que me recordaban el cielo estrellado, brillaban en el techo; las paredes estaban pintadas horizontalmente con franjas de colores, de abajo hacia arriba de color blanco, azul, amarillo, verde y rojo, de acuerdo con los colores de las castas. En cinco niveles diferentes junto a la pared, un nivel para cada una de las castas elevadas, se alzaban los bancos de piedra para los miembros del Consejo. Los bancos correspondían al color de la pared que se encontraba detrás de ellos.
El banco más bajo, pintado de blanco, les estaba reservado a los Iniciados, los intérpretes de la voluntad de los Reyes Sacerdotes. Detrás de ellos se encontraban sentados —en este orden— los representantes de los Escribas, de los Constructores, de los Médicos y de los Guerreros.
Comprobé que Torm no se contaba entre los representantes de los Escribas y sonreí. —Soy demasiado práctico por naturaleza —decía— como para ocuparme de los asuntos inútiles relacionados con el gobierno.
Me llamó agradablemente la atención el hecho de que a mi propia casta, la Casta de los Guerreros, le correspondía el status más bajo; si hubiera sido por mí, los guerreros no hubieran debido pertenecer en absoluto a las castas elevadas. Por otra parte, tenía mucho que objetar al hecho de que la Casta de los Iniciados ocupara el lugar de honor, ya que éstos eran, a mi parecer, en un grado aun mayor que los soldados, miembros improductivos de la sociedad. Al menos los guerreros ofrecían su protección a la ciudad, mientras que los iniciados en todo caso se ofrecían para curar enfermedades y plagas, que, en gran medida, ellos mismos habían provocado.
En medio de la sala circular se alzaba una especie de trono, sobre el cual se hallaba, vestido en su traje de ceremonia —una sencilla túnica marrón—, mi padre, administrador de Ko-ro-ba, anteriormente Ubar, jefe supremo de la ciudad. A sus pies tenía un casco, un escudo, una lanza y una espada.
—Acércate, Tarl Cabot —dijo mi padre, y me encontré de pie delante de su trono y sentí fijas en mí las miradas de todos los presentes. Detrás de mí esperaba Tarl el Viejo, en quien no se advertía huella de lo acontecido la noche anterior.
Tarl el Viejo tomó la palabra. —Yo, Tarl, luchador de espada de Ko-ro-ba, doy mi palabra de que este hombre es digno de convertirse en miembro de la Casta Elevada de los Guerreros.
Mi padre le respondió de acuerdo con el ritual prefijado.
—Ninguna torre en Ko-ro-ba es más fuerte que la palabra de Tarl, el luchador de espada de nuestra ciudad. Yo, Matthew Cabot de Ko-ro-ba, acepto su palabra.
A partir del banco inferior y en forma ascendente, cada miembro del Consejo se iba poniendo de pie, daba a conocer su nombre, y declaraba que también, por su parte, aceptaba la palabra del rubio luchador de espada. Cuando todos hubieron terminado, mi padre me entregó las armas que se hallaban delante del trono. Sobre mi hombro colocó la espada de acero, sujetó el escudo redondo en mi brazo izquierdo, me puso la lanza en la mano derecha y lentamente dejó descender el casco sobre mi cabeza.
—¿Cumplirás con el código de los Guerreros? —me preguntó.
—Sí —dije.
—¿Cuál es tu Piedra del Hogar?
Sospeché cuál era la respuesta que se esperaba de mí y respondí: —Mi Piedra del Hogar es la Piedra del Hogar de Ko-ro-ba.
—¿Y en aras de esta ciudad empeñas tu vida, tu honor y tu espada? —preguntó mi padre.
—Sí —respondí.
—Entonces —prosiguió y me colocó solemnemente las manos sobre los hombros—, te declaro de este modo Guerrero de Ko-ro-ba, en mi calidad de administrador de esta ciudad, en presencia del Consejo de las Castas Elevadas.
Mi padre sonrió. Me quité el casco y me sentí muy orgulloso al escuchar el consentimiento del Consejo, la variante goreana del aplauso, que consiste en que la mano derecha golpee en rápida sucesión el hombro izquierdo. Aparte de los candidatos que debían ser admitidos en la Casta de los Guerreros, nadie podía entrar armado a la sala del Consejo. Si hubieran estado armados, mis hermanos de casta del último banco habrían manifestado su aplauso con la lanza y el escudo; en las circunstancias actuales se atuvieron a la forma generalmente aceptada de expresar el aplauso. De algún modo yo tenía la impresión de que se sentían orgullosos de mí, a pesar de que no podía imaginar el motivo. Al menos aún no había realizado nada que justificara su interés.
Acompañando a Tarl el Viejo abandoné la sala del Consejo y entré en una pequeña sala lateral para esperar allí a mi padre. En la habitación había una mesa, sobre la que se encontraban algunos mapas. Tarl el Viejo se inclinó de inmediato sobre ellos. Me llamó a su lado, y mientras los miraba atentamente me iba señalando determinados lugares. —Y aquí —dijo finalmente y colocó el dedo sobre el papel— está la ciudad de Ar, enemiga mortal de Ko-ro-ba, la capital de Marlenus, que desea convertirse en Ubar de todo Gor.
—¿Y esto de alguna manera se relaciona conmigo? —pregunté.
—Sí —dijo Tarl el Viejo— Tú viajarás a Ar, robarás su Piedra del Hogar y la traerás a Ko-ro-ba.

LA FIESTA DE LA PLANTACIÓN

Subí a mi tarn, esa espléndida ave salvaje. El escudo y la lanza estaban sujetos a la silla de montar; llevaba la espada encima del hombro. Del lado derecho de la silla colgaba una ballesta con una aljaba llena de flechas; y del lado izquierdo, un arco con una segunda aljaba. Las bolsas de la silla de montar contenían el equipo liviano que un tarnsman suele llevar consigo —en particular raciones alimenticias, una brújula, mapas, cordones y cuerdas de repuesto para el arco— En la silla, delante de mí, se encontraba una muchacha. Estaba encadenada y llevaba una gorra de esclava sobre la cabeza; era Sana, la esclava de la torre, a quien había visto el día de mi llegada a Gor.
Saludé desde mi tarn a Tarl el Viejo y a mi padre, tiré de la primera rienda y de inmediato comencé a volar. Dejé atrás la torre y las diminutas figuras humanas que se encontraban en ella. Solté la cuarta rienda y tiré de la sexta, marcando de este modo la dirección hacia Ar. Cuando pasé el cilindro en el que Torm guardaba sus rollos escritos, creí ver al pequeño escriba de pie junto a su ventana ensanchada Alzó un brazo azul en señal de saludo. Daba una impresión de tristeza. Respondí a su saludo y volví la espalda a Ko-ro-ba. Poco quedaba de la excitación que había sentido al realizar mi primer vuelo. Estaba preocupado y molesto por ciertos aspectos desagradables de la misión que me esperaba. Pensé en la muchacha inocente, sentada delante de mí, en estado inconsciente.
¡Cuán sorprendido me había sentido cuando Sana apareció en la pequeña habitación junto a la sala de reuniones! Se había arrodillado delante de mi padre, que me explicó el plan del Consejo.
El poder de Marlenus —o al menos gran parte de su poder— se basaba en el mito de la victoria que lo rodeaba como un manto mágico, y parecía atraer milagrosamente a los soldados y habitantes de su ciudad. No habiendo sido vencido en ninguna batalla, en su condición de Ubar de todos los Ubares, se había resistido audazmente a devolver su título. Esto había ocurrido hacía unos doce años, al finalizar una guerra de menor importancia en los valles. Sus hombres continuaron jurándole lealtad, y no lo habían abandonado a la suerte normalmente deparada a un Ubar demasiado ambicioso. Los soldados y el Consejo de su ciudad habían cedido a sus amenazas y promesas; deseaba colmar a Ar de poder y riquezas.
En realidad, parecía que habían colocado su confianza en el hombre indicado. Ar no era una ciudad sitiada, aislada, a la manera de muchas en Gor, sino una metrópoli, en la que se conservaban las Piedras del Hogar de numerosas ciudades que hasta hacía poco habían sido libres. Existía un Imperio de Ar, un estado vigoroso, arrogante, aguerrido, que estaba interesado muy a las claras en aniquilar a sus enemigos y extender más y más su hegemonía política a través de las llanuras, montañas y desiertos de Gor.
No podía pasar ya mucho tiempo sin que también Ko-ro-ba tuviera que enviar su relativamente reducido poder bélico compuesto de tarnsmanes, contra el Imperio de Ar. Mi padre, en su calidad de administrador de Ko-ro-ba, había intentado formar una alianza contra Ar, pero las Ciudades Libres se habían opuesto a ello, llenas de orgullo y desconfianza; temían verse afectadas en su propia zona de influencia. Habían llegado al extremo de expulsar a los enviados de mi padre a latigazos, como a esclavos, de sus salas de Consejo, una ofensa que normalmente hubiera desencadenado una guerra. Pero mi padre sabía que un conflicto entre las Ciudades Libres era precisamente lo que Marlenus deseaba: era, pues, preferible que se considerara a Ko-ro-ba una ciudad poblada por cobardes. Pero sí ahora se lograba robar la Piedra del Hogar de Ar, símbolo y núcleo del Imperio, podría destruirse también el poder mágico de Marlenus. Se convertiría en objeto de escarnio y sus propios hombres desconfiarían de él, un jefe que había perdido su Piedra del Hogar. Podría considerarse un hombre de suerte si no era empalado públicamente.
La joven que estaba sentada delante de mí comenzó a moverse; el efecto de la droga iba desapareciendo. Se quejó en voz baja y se reclinó en la silla. Al partir le había soltado las ataduras de sus pies y manos y sólo le había dejado el ancho cinto que la sostenía sobre el lomo del tarn. No me proponía cumplir con el plan del Consejo hasta los últimos detalles —por lo menos no en lo que concernía a esa muchacha, a pesar de que se había hecho cargo de su papel y sabía que no saldría con vida de esa empresa—. Apenas sabía de ella algo más que su nombre —Sana— y que era una esclava de la ciudad de Thentis.
Tarl el Viejo me había contado que Thentis era conocida por sus bandadas de tarns y que el nombre procedía de las montañas que la rodeaban. Guerreros de Ar habían asaltado en cierta oportunidad las bandadas de tarns y las torres exteriores de Thentis y en esa ocasión se habían apoderado de la muchacha. El día de la fiesta del amor había sido vendida en Ar y la había comprado un agente de mi padre. Ese hombre tenía el encargo de adquirir, de acuerdo con el plan del Consejo, una muchacha dispuesta a dar su vida para llevar a cabo la venganza contra la ciudad de Ar.
La joven me daba lástima. Había sufrido mucho e indudablemente no pertenecía a la misma especie que las jóvenes de la taberna; seguramente no le había resultado fácil vivir como esclava. De algún modo yo sentía que, a pesar de su collar de esclava, era un ser libre —ya desde el instante mismo en que mi padre le había ordenado que se sometiera a mí y me aceptara como su nuevo amo—. En esa oportunidad se había levantado, había atravesado la habitación hasta llegar al lugar donde yo me encontraba y se había arrodillado delante de mí; al hacerlo bajó la cabeza y me ofreció las manos con los antebrazos cruzados, No se me escapó el sentido ritual de este gesto: me ofrecía sus muñecas como indicándome que la encadenara. Su papel en el plan era sencillo, pero mortal.
La Piedra del Hogar de Ar se conservaba, como en la mayoría de las ciudades cilíndricas, sobre la torre más elevada de la ciudad; se encontraba desprotegida sobre el techo, como un desafío para los tarnsmanes de ciudades rivales. Naturalmente el objeto sagrado estaba bien custodiado y ante la menor señal de peligro era colocado a buen recaudo. Todo ataque a la Piedra del Hogar era considerado por los pobladores de una ciudad como terrible sacrilegio y se castigaba indefectiblemente con la muerte al atacante; paradójicamente constituía la mayor proeza concebible traer a la propia ciudad la Piedra del Hogar de otra ciudad; al guerrero que lo lograra se hacía acreedor a las mayores honras y era considerado un hombre favorecido por los Reyes Sacerdotes.
La Piedra del Hogar de una ciudad constituye el punto central de diversos rituales. El que estaba más próximo era la fiesta vegetal del grano Sa-Tarna, la hija de la vida que se celebraba cada primavera para asegurar una buena cosecha. Es una fiesta compleja, que se conoce en la mayoría de las ciudades goreanas, y se compone de numerosos rituales complicados. Generalmente son preparados y realizados por los Iniciados de una ciudad. Sin embargo, ciertos momentos de la ceremonia a menudo les son reservados a miembros de otras castas elevadas.
En Ar, por ejemplo, un miembro de la Casta de los Constructores sube temprano por la mañana al techo, donde se guarda la Piedra del Hogar, y coloca delante de ella un símbolo primitivo de su profesión, un rectángulo de metal, y reza a los Reyes Sacerdotes rogándoles bienestar para su casta en el próximo año; a continuación un Guerrero coloca sus armas delante de la piedra, seguido por representantes de las otras castas. Es parte importante de esta ceremonia que los guardias de la Piedra del Hogar se retiren al interior del cilindro, mientras los representantes de las castas elevadas cumplen con el ritual. Se dice que el suplicante respectivo debe quedar solo con los Reyes Sacerdotes.
Como culminación de la fiesta vegetal en Ar, y muy importante para el plan del Consejo de Ko-ro-ba, un miembro de la familia del Ubar asciende al techo de noche, bajo las tres lunas llenas, con las cuales se relaciona la fiesta. Arroja granos de cereal sobre la Piedra y la rocía con algunas gotas de una bebida roja semejante al vino, que se extrae del fruto del árbol llamado Ka-la-na. El miembro de la familia del Ubar reza entonces a los Reyes Sacerdotes y les pide una abundante cosecha. Luego regresa al interior del cilindro, después de lo cual los guardias de la Piedra del Hogar vuelven a ocupar su puesto.
Ese año el honor del sacrificio de los granos le correspondía a la hija del Ubar. Yo no sabía nada de ella, sólo que se llamaba Talena, que era considerada una de las beldades de Ar y que yo debía matarla.
De acuerdo con el plan del Consejo de Ko-ro-ba, yo debía aterrizar en el instante del sacrificio, alrededor de la vigésima hora goreana —equivalente a nuestra medianoche— sobre el techo del cilindro más elevado de Ar, debía matar a la hija del Ubar y llevarme su cuerpo y la Piedra del Hogar. Tenía que arrojar a la muchacha a la zona pantanosa, al norte de Ar y llevar la Piedra a Ko-ro-ba. Sana, la joven que se encontraba delante de mí en la silla, tendría que ponerse las pesadas vestiduras y velos de la muerta y regresar, en su lugar, al interior del cilindro. Probablemente pasarían algunos minutos antes de que se descubriera su identidad y entonces debía tomar el veneno que le había sido suministrado por el Consejo.
Dos muchachas tenían que morir esa noche, con el único fin de que yo pudiera huir con la Piedra del Hogar antes de que cundiera la alarma. Sabía que no llevaría a cabo ese plan. Abruptamente cambié de rumbo y conduje mi tarn hacia la reluciente cordillera azul. Sana se quejó, se sacudió y sus manos palparon inseguras la capucha de esclava que cubría su cabeza.
Le ayudé a quitarse el gorro y me sentí encantado cuando su largo cabello rubio, agitado por el viento, rozó mi mejilla. Lo coloqué dentro de la bolsa de mi silla de montar y la contemplé admirado, no sólo por su belleza, sino también por su evidente intrepidez. Cualquier joven normal hubiera tenido motivos para mostrarse asustada: la altura a que nos encontrábamos, el animal salvaje que montaba, y la perspectiva del destino terrible que la esperaba al final de ese vuelo. Pero se trataba de una joven de Thentis, la ciudad rodeada de montañas; allí las muchachas no se asustaban con tanta facilidad.
Sana no se dio la vuelta, sino que observó sus muñecas y las frotó cuidadosamente.
—Me has desatado —dijo—, y me has quitado el gorro. ¿Por qué?
—Pensé que te sentirías más cómoda —respondí.
—Tratas a una esclava con mucha consideración. Te lo agradezco.
—¿Será posible que no sientas miedo? Te lo pregunto pensando en el tarn; seguramente ya habrás montado alguna vez un tarn. Yo sentí mucho miedo al hacerlo por primera vez.
La joven volvió el rostro desconcertada. —Las mujeres pocas veces pueden montar sobre el lomo de un tarn —dijo— Pueden hacerlo en una canasta, pero no como un guerrero —de repente se calló—. Dijiste que sentiste miedo —agregó después.
—Y es verdad —reí, y recordé la excitación y el extraño cosquilleo del peligro.
—¿Por qué le dices a una esclava que sentiste miedo?
—Pues, no lo sé —respondí— Lo que sí sé es que sentí miedo.
Volvió a mirar hacia adelante. —Yo ya había montado una vez sobre el lomo de un tarn —dijo amargamente—. Encadenada a una silla, rumbo a Ar, donde fui vendida.
—Contempló el horizonte y de repente se puso tensa: —Este no es el camino a Ar —exclamó.
—Ya lo sé —dije.
—¿Qué haces? —se volvió hacia mí y me miró sumamente sorprendida— ¿Adónde vuelas, señor?
La palabra “señor” me confundió, aunque la utilizaba adecuadamente, ya que la muchacha era efectivamente de mi propiedad.
—No me llames “señor” —dije.
—Pero tú eres mi dueño —respondió.
Saqué de mi túnica la llave del collar de Sana. Abrí la cerradura del aro de acero, lo arranqué de su cuello y lo arrojé a las profundidades.
—Eres libre —le dije—. Estamos volando hacia Thentis.
Se puso rígida y sus manos palparon incrédulas el cuello desnudo. —¿Por qué? —preguntó— ¿Por qué?
¿Cómo habría de responderle? ¿Que yo procedía de otro mundo, y estaba decidido a no aceptar todo lo que en Gor se daba por supuesto, que ella no me había resultado indiferente en su desamparo, que simplemente no podía verla como un instrumento del Consejo, sino sólo como a una muchacha joven, llena de vida, una muchacha que no debía ser sacrificada en un juego político…?
—Tengo mis razones —dije—, pero no sé si las entenderías.
—Mi padre y mis hermanos te recompensarán.
—No —respondí.
—Si así lo deseas tienen que entregarme a ti sin que les pagues nada.
—El vuelo a Thentis es largo —dije.
Sana respondió orgullosa: —Mi precio de novia correspondería a cien tarns.
Silbé por lo bajo, mi antigua esclava me hubiera costado mucho. Con mi sueldo de guerrero no hubiera podido permitirme semejante lujo.
—Si quieres aterrizar —dijo Sana, que evidentemente deseaba indemnizarme de alguna manera—, yo estoy dispuesta.
—¿Quieres disminuir el valor del regalo que te hago? —pregunté.
Reflexionó un instante y me besó suavemente en los labios. —No, Tarl de Ko-ro-ba —dijo—, pero tú sabes que siento cariño por ti.
Me di cuenta de que me había hablado como mujer libre, al llamarme por mi nombre. La abracé tratando de protegerla del soplo fresco del viento.
Más tarde la dejé sobre una torre en Thentis, la besé una vez más y aparté sus brazos de mi cuello. Sana lloraba. Hice ascender el tarn y saludé a la pequeña figura que todavía vestía la túnica rayada de esclava. Había levantado su brazo blanco, y sus rubios cabellos ondeaban agitados por el viento que barría el techo de la torre.
Tomé el rumbo de Ar
Al cruzar el Vosk, aquel poderoso río de unos cuarenta pasang de ancho, que constituye el límite de Ar y desemboca en el Golfo de Tamber, tomé conciencia de que finalmente había llegado al Imperio de Ar. Sana había insistido en darme la cápsula de veneno que el Consejo le había suministrado para su propio uso, pero no quise conservarla y la había tirado. Era una tentación a la que no quería sucumbir. Si la muerte fuera tan fácil, quizás la vida no me importaría tanto, aunque, tal vez, llegara un momento en que me arrepintiera de esa decisión.
Pasaron tres días hasta que llegué a la ciudad de Ar. Poco después de cruzar el Vosk había descendido y había acampado. Desde ese momento sólo viajaba de noche; durante el día soltaba a mi tarn, que podía alimentarse a su gusto.
El primer día descansé a la sombra de una pequeña arboleda, una de las muchas que se encuentran en la región limítrofe de Ar. Dormí, comí de mis raciones, me ejercité con mis armas y traté de mantenerme ágil —a pesar de los esfuerzos que significaban los largos viajes en tarn—. Pero me aburría. Al principio hasta el paisaje resultaba deprimente, ya que los habitantes de Ar habían devastado una zona de unos trescientos pasang para delimitar su imperio; habían talado árboles frutales, cegado pozos de agua y arrojado sal sobre zonas fértiles. Por razones militares, a Ar se la había rodeado de un muro invisible, un cinturón descolorido, que difícilmente podría ser atravesado por peatones.
El segundo día tuve más suerte; acampé en una llanura cubierta de pasto, donde crecían algunos árboles Ka-la-na. Durante la noche había volado por encima de campos de cereales, que brillaban con un color amarillo plateado a la luz de las tres lunas. A lo largo de mi vuelo me orientaba gracias a la aguja reluciente de mi brújula goreana, que siempre señalaba en dirección a las Montañas Sardar, la fortaleza de los Reyes Sacerdotes. A veces también dirigía a mi tarn hacia las estrellas, las mismas estrellas fijas que ya había visto desde otro ángulo en las montañas de New Hampshire.
El tercer día acampé en el bosque pantanoso que limita la ciudad de Ar por el norte. Elegí esa región porque es la menos poblada en las inmediaciones de Ar. Durante la última noche había visto demasiados fuegos en los poblados, y en dos oportunidades había oído los silbatos de tarn de patrullas cercanas, que constaban, cada una de ellas, de tres guerreros. Pensé en la posibilidad de abandonar el proyecto, de expulsarme yo mismo de la sociedad como un desertor. Quería evadirme de ese plan descabellado.
Pero una hora antes de la medianoche del día en que se celebraba la fiesta vegetal de Sa-Tarna, volví a montar en mi tarn, tiré de la primera rienda y me elevé por encima de los árboles frondosos del bosque pantanoso. En el mismo instante escuché el grito ronco de un jefe de patrullas: —¡Ahí está! ¡Ya lo tenemos!
Habían perseguido a mi tarn mientras volaba en busca de alimentos. A continuación, tres guerreros de Ar se acercaron desde diferentes direcciones. Evidentemente no tenían el propósito de prenderme, porque un instante después del grito un pivote de ballesta pasó por encima de mi cabeza. Antes de que pudiera reponerme, apareció delante de mí una oscura sombra alada y, a la luz de las tres lunas, distinguí a un guerrero sobre un tarn que trataba de alcanzarme con una lanza.
Con seguridad hubiera dado en el blanco, si en ese instante mi tarn no se hubiera apartado bruscamente hacia la izquierda; al hacerlo faltó poco para que chocara con otro, con su jinete a cuestas. Éste disparó un pivote de ballesta, que golpeó ruidosamente la bolsa de mi silla de montar. El tercer guerrero se acercó por detrás. Me di la vuelta, alcé el aguijón de tarn, sujeto alrededor de mi muñeca y traté de defenderme contra la espada. Espada y aguijón entrechocaron con estrépito, y una lluvia de chispas amarillas voló en todas direcciones. De alguna manera, sin darme cuenta, había conectado el instrumento. Mi tarn y el del agresor retrocedieron instintivamente ante la descarga y, sin proponérmelo, pude contar con un breve respiro.
Con rapidez saqué mi arco del lazo, preparé una flecha e hice girar repentinamente a mi tarn. El primero de mis perseguidores no había contado, tal vez, con esta maniobra, sino que se había preparado para darme caza. Cuando pasé a su lado, vi sus ojos desencajados a través de la “Y” de su casco, ya que debía reconocer que a tan corta distancia era imposible que yo errara el blanco. Vi cómo de repente se puso rígido sobre la silla y pude divisar a su tarn que se alejaba, emitiendo chillidos.
Ahora los otros dos hombres de la patrulla esperaban una oportunidad para el ataque. Se acercaron montados sobre sus tarns, a unos cinco metros de distancia uno del otro, y trataron de meterme dentro de una especie de pinza. Se proponían levantarle las alas al mío y aprovechar el momento en que yo me encontrara completamente desvalido.
No me quedaba tiempo para reflexionar, pero al instante advertí que blandía la espada y había colocado el aguijón de tarn en el cinturón. Cuando chocamos en el aire, tiré violentamente de la primera rienda y puse en juego las garras reforzadas de acero de mi tarn de combate. Y hasta el día de hoy les estoy agradecido a los criadores de tarns de Ko-ro-ba por el cuidadoso entrenamiento a que sometieron a mi magnífica ave. Quizá también debería alabar el espíritu de lucha de mi gigante alado, a quien Tarl el Viejo había llamado el tarn entre los tarns. El pico y las garras se movieron bruscamente hacia adelante y con un chillido ensordecedor, mi tarn se arrojó sobre las otras dos aves.
Mi espada chocó con la del guerrero que se hallaba más próximo; la lucha no duraría más que unos pocos segundos. De repente, advertí que uno de los tarns enemigos comenzaba a desplomarse, mientras batía violentamente las alas. El otro guerrero hizo girar a su animal, como si pretendiera volver a atacarme, pero en ese instante debió de haberse dado cuenta de que ahora su deber consistía en llamar a rebato. Irrumpió en un grito rabioso, giró y se alejó velozmente en dirección a las luces de la ciudad.
El guerrero estaba seguro de que no lo alcanzaría, pero yo conocía a mi tarn. Le aflojé las riendas y lo aguijoneé. Cuando nos acercarnos al guerrero en fuga, preparé una segunda flecha. Como no me proponía matarlo, apunté al ala de su tarn, el cual se volvió y comenzó a ocuparse de su ala herida. El guerrero ya no lograba mantener a su ave bajo control, y vi cómo el tarn iba cayendo lentamente, en torpes movimientos giratorios.
Volví a tirar de la primera rienda y cuando ya habíamos alcanzado una altura adecuada, tomamos nuevamente el rumbo de Ar. Quería volar por encima de las patrullas comunes. Al acercarme a la ciudad, me incliné sobre el cuello del ave, con la esperanza de que lo tomaran por un tarn salvaje que volara a gran altura por encima de la ciudad.
La ciudad de Ar debía constar de más de cien mil cilindros adornados con luces por la fiesta vegetal. No puse en duda el hecho de que Ar fuera la ciudad más grande de todo el planeta, al menos de lo que se conocía de Gor. Era grandiosa y bella, un digno marco para la joya del imperio —una joya que se había convertido en la tentación del Ubar, el victorioso Marlenus— Y en algún lugar allí abajo, en medio de una impresionante claridad, se encontraba una piedra insignificante, la Piedra del Hogar de esa gran ciudad, y yo debía apoderarme de ella.